martes, 27 de febrero de 2007

Ruinas romanas


Roma, citta´ aperta, Roberto Rossellini. (1945)

Ésta es una historia de esperanzas, de tener bien aprendido el lema de mirar hacia delante en momentos de desconcierto, mostrando sin remilgos los desastres de esa guerra que sirvió como foco de crítica para toda esa generación de cineastas conocidos como Neorrealistas.

Aun siendo rodada en 1945, Rossellini retrata una Italia, convertida en escombros, que intenta sobrevivir a los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial. Así, saca partido a las cenizas que pueblan la ciudad romana, dando como resultado un magnífico realismo apoyado no solo por una espléndida labor de guión liderada por el propio director (también intervienen otros grandes como Fellini y Amidei), sino también por un elenco de actores, en su mayoría no profesionales, entre los que cabe citar a Anna Magnani, ahora convertida en Pina, cuya interpretación pasa a convertirse en todo un ejemplo de naturalidad ante la cámara y ante una historia que tiene mucho de real.

Roma, ciudad abierta nos cuenta la historia de Manfredi, un Ingeniero Jefe de la Resistencia Alemana que se ve obligado a marcharse tras ser perseguido por la GESTAPO. En su huída llega a instalarse en casa de su amigo Francesco, prometido de Pina, una viuda embarazada y madre de un niño pequeño fruto de su anterior matrimonio. Alrededor de estos personajes, a los que habría que añadir el papel fundamental de Padre Pietro, que aporta al conjunto más ternura si cabe, suceden toda una serie de acontecimientos que ofrecen al espectador un buen legado histórico acerca de una época, más bien de las consecuencias de la misma, evitando caer en un cierto maniqueísmo, tan usual en etapas de crispación y desencanto como la que retrata.

Comienza con este título una trilogía, completada con Paisà y Germania Anno Zero, que busca un fiel retrato de la Europa de posguerra, unas intenciones que hicieron de Rossellini todo un símbolo de aquel movimiento que de alguna forma lidera, sobre todo por haber sabido conjugar la crueldad de unas imágenes con un sentido esperanzador en el futuro con el que un buen espectador se queda cada vez que se enfrenta a este filme, ya que estamos ante una de esas películas en las que logramos redescubrirnos en cada nuevo visionado.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Lo que nunca te dije

Rebecca Dautremer

“Y fue tu recuerdo lo que me mantuvo en la cima, fue recordarte lo que me hizo creer que vivía, y fue la nostalgia al recordar tus besos lo que me hizo comprender que ya no solo te quería, te amaba sin condiciones, sin dudas y sin razones. Fue sin embargo el misterio de poseerte lo que me encontré un buen día, incitándome a querer abrir todas esas puertas que me llevasen hacia ti, una tras otra y sin cese hasta encontrar aquella que, al abrirla, me llevase hacia tus manos, hacia tus ojos, hacia tu sonrisa, aquella que me mostrase tu luz, la cálida e incluso abrasante luz que sedujo cada parte de mi mente.

Cada sentido que despertabas dentro de mí fue perteneciéndote hasta que finalmente te quedases con todo. Sin darte cuenta me dejaste vacía, olvidándote de todo lo que hice por amarte, abandonándome a la vida solo con vagos recuerdos de noches ardientes en las que nos juramos amarnos hasta morir. Ahora sé cuanta mentira poseía aquel juramento, solo porque mi alma ha muerto y aun así te sigue perteneciendo.
Recuerdo el día que te dije que lo que sentía por ti no era querer, sino amar, pero qué decir si esos sentimientos se incrementan, ¿de qué hablamos entonces? Supongo que al llegar ese momento todo va virando hacía el camino de la tortura, del dulce tormento que supone la sensación de dependencia a otro, de la plena pertenencia hacia la persona que hasta hacía poco creías que amabas, aunque ese sentimiento haya quedado en la más absoluta trivialidad. Llegaría a ser injusto que estuviésemos adjudicando dicho concepto a ese otro sentimiento, porque éste va mucho más allá, más allá de lo que al menos yo ahora pueda comprender y abarcar, puede que por ello esté dándole continuas vueltas a algo que ni siquiera sé si podrá tener salida. Lo único que mantengo de todo es la terrorífica sensación de haberme subyugado a tu persona, dándome cuenta que no quería perderte, que en estos momentos no podía aceptar que un día dejases de quererme.

A partir de entonces, cada no que salía de mi boca no era más que un te amo a gritos. Cada mal gesto que te dedicaba no era más que un ámame hasta entregarlo todo. Cada desplante, una llamada de atención, y sin embargo, entendiste tan poco todo lo que trataba de transmitirte”.
Fragmentos de Cartas para un desahogo.

PD: Dedicado a aquellos que me creyeron incapaz de amar, para los que sin más pensaron en mi insensibilidad como una cualidad inherente a mi persona, pero sobre todo a ese 21 de febrero, a ese día que despertó más sentimientos en mí que cualquier otro, justo el día que volvía a verte.