martes, 13 de febrero de 2007

Robar o ser robado

El ladrón de bicicletas (1948). Vittorio De Sica.

1948, la ciudad de Roma se prepara para dar los primeros pasos hacia su reconstrucción tras los demoledores procesos llevados a cabo a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial. Una ciudad que intenta progresar, que intenta salir al paso de todo aquello que la sumió en una profunda miseria y nimiedad, al tiempo que encuentra en sí misma a su mayor enemiga. Toda una reconstrucción que contrasta con un cierto auge individualista de la sociedad de la época, sentimiento fielmente reflejado en el más emblemático de los títulos del director italiano.

De Sica nos presenta una ciudad derruida no solo física, sino moralmente, al parecer darse por vencida en su mejora limitándose simplemente a sobrevivir. Precisamente sobrevivir es lo que lleva a Antonio Ricci, un padre de familia, a buscar trabajo desesperadamente, puesto que finalmente consigue como cartelero municipal. A raíz de todo esto, el autor que se inició en el campo de la dirección con Rosas escarlatas (1940), plantea una situación que en un principio puede parecer la salida a la situación de adversidad que amenaza a esta modesta familia italiana. Sin embargo, y como solo saben recrear los grandes, el arranque se ve transformado, por un revés en la historia, en una obsesión por recuperar lo perdido, por el ansia de reafirmar lo que se cree justo, a medida como de nuevo vemos cómo acaba convirtiéndose en un dilema moral sobre las acciones destructivas que acaban por dominar al hombre en su propia conducta producto de una situación de desesperanza.

Ésta es una película que trata la desilusión, la hipocresía, la falsa indiferencia frente al desastre que envuelve a la sociedad del momento, al tiempo que permite la extrapolación a la situación que envuelve a la ciudad, que pasa así a convertirse en un personaje más dentro del film. De Sica sigue así con la estética y el tratamiento que ya había iniciado con El limpiabotas, otro de los filmes que junto a Umberto D, consolidaron al director dentro del neorrealismo, al contar al mismo tiempo con la figura de Cesare Zavattini en un diálogo convincente capaz de resumir el dilema moral que se plantea en esta adaptación del libro homónimo de Luigi Bartoloni.

Y es que ambos han sabido adecuar la técnica y el tratamiento no solo a la historia, sino al tratamiento que de ella llevan a cabo sus autores, envolviéndola suavemente de continuas metáforas sobre la decadencia no solo del ser humano, sino de toda una generación que creció impotente frente a la apatía generalizada en un mundo que parecía estar acabado.

viernes, 9 de febrero de 2007

Pablo Picasso, un genio precoz, II.

autorretrato_picasso

Si fue el propio artista el que resumía su estancia en A Coruña como una fase repleta de captación y adopción de nuevas técnicas de expresión artísticas, su traslado a la ciudad catalana le supone en un principio un momento de estancamiento y de poca producción, llegando a considerar inútil su paso por la escuela de Bellas Artes, donde según las palabras del mismo no llegaría a aprender nada nuevo. Sin embargo, y dejando que fuese el tiempo el que colocase al pintor en su lugar, fue este periodo en Barcelona, ciudad a la que se traslada en 1895, un tiempo de trabajo gratificante y de producción ingeniosa que dirigiría al malagueño hacia ese cierto modernismo español que se gestaba por aquellos años. Y es que dos años después de su traslado a la ciudad, Picasso comienza sus estudios en la Academia Real de San Fernando, donde corroborará esa tendencia simbolista inspirada en la cada vez más influyente corriente abstracta a la que seguirá unido el resto de su vida.

Nada haría presagiar los acontecimientos ocurridos en la primavera de 1898 en la que Picasso, esta vez por motivos de salud, se ve obligado de nuevo a trasladarse, ahora a Hortas de San Joan, un pueblo de Barcelona en el que aprenderá junto a su inseparable Manuel Pallarés a evadirse de todo aquel sufrimiento producido por la gran ciudad. Asimismo, comienza un cierto interés compulsivo por retratos y dibujos al trazado que pondría en práctica a su vuelta a Barcelona, donde comenzará a relacionarse con otros artistas y literatos de su mismo tiempo.

Entonces comenzarán las horas muertas en Les Quatre Gats, al más puro estilo Le Chat Noir de París, debatiendo sobre las corrientes filosóficas contemporáneas y la inevitable repercusión de éstas en sus respectivos artes. De las constantes lecturas sobre Nietzsche o Schopenhauer, Picasso traslada a su obra la preocupación por la decadencia humana que, unido al original simbolismo producto de la sensibilidad artística del pintor de mirada profunda, elevará su arte no solo a lo puramente bello, sino otras cuestiones como el sentimiento, la intensidad o la profundidad en el trasfondo de su obra, matices que engrandecen al por entonces jovencísimo Picasso entre sus coetáneos. A pesar de todas las colaboraciones que por esas fechas realiza en revistas culturales, España se queda pequeña en influencias para el gran pintor, que pone sus miras en París, ciudad a la que se traslada en 1900, y donde disfrutará de una nueva vida bohemia a caballo entre sus grandes ciudades Málaga, Barcelona y París, en las que, sin ser consciente, se está convirtiendo en todo un modelo por sí mismo.